Andrew Tate solía recorrer estas desaliñadas calles suburbanas a unos 15 kilómetros del centro de Bucarest, en Rumanía. Pasaba por delante de un vertedero, un cementerio y una hilera de semirremolques que no habrían desentonado en la serie de televisión Brookside. Se dejaba ver en su Lamborghini o Bugatti o cualquier otro ejemplar de su flota de automóviles de alta gama. Fumando un puro y ajustándose las gafas de sol a lo Michael Corleone. Golpeándose el pecho tatuado ante el semáforo en rojo.
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