Durante dos años, un hombre de Crevedia, un pueblo a 25 kilómetros al norte de la capital rumana, Bucarest, se quejó ante todas las autoridades de un fuerte olor a gas en su patio. Nadie lo tomó en serio. Hasta que él y su mujer murieron en una explosión el pasado fin de semana.
En el patio contiguo a la casa funcionaba desde hacía años una gasolinera de Gas Licuado de Petróleo (GLP). Aquí se repostaban coches o se llenaban bombonas para calefacciones privadas, en condiciones de seguridad cuestionables. Las autoridades lo sabían, pero no emprendieron nada.
Quizá fue un cigarrillo, quizá el intenso calor, no se sabe. Más de…
