El horror entrecorta la voz de Roxana, una joven de 19 años que prefiere mantener el anonimato por haber sufrido, cuando todavía era una adolescente, una forma de esclavitud moderna: la explotación sexual. Ese horror empezó hace cuatro años, cuando acabó bajo custodia del sistema de protección de menores en un centro de Iasi —la tercera ciudad más poblada de Rumania—, porque su madre era incapaz de hacerse cargo de ella. En ese momento, recalca, empezó su “calvario”. Muchas chicas de familias desestructuradas terminan en un sistema público que, se supone, debe protegerlas. Sin embargo, se conv…
